sábado, marzo 11, 2006

"Satori" ficción


*postura de las manos de zazen del Maestro ...

Satori

El espanto en el silencio de la madrugada. Tangenciales, se mueven cerca, imposible mirarlas de frente, dan vueltas, evolucionan, desaparecen, nunca estuvieron. Difícil poder diferenciarlas de intuiciones o emociones o impulsos propios, aunque hace tiempo que no puedo conformarme con esto de propio o ajeno cuando se trata de fenómenos psíquicos; todo es una zona confusa, y mi mente está confusa, y estoy tratando de aclarar mi mente, pero mi mente no es mi mente, nunca fue mi mente, nunca nada fue mío y "mi" y "mío" sólo son palabras provisorias, como "yo". Sudo, tengo los brazos rígidos. Hace tiempo, mucho tiempo que no escribo, que no quiero escribir porque sé que lo que quiero decir no se puede decir, y quizás no sé si quiero decirlo o decir algo; lo que quiero, concretamente, es poder ponerle un punto al pensamiento, hacer una pausa, respirar, mirar a mi alrededor, levantando la vista desde la punta de mis zapatos, levantar la vista y mirar alrededor, mirar hacia arriba, respirar, volver a mirar, y retomar un pensamiento acotado, útil, distinto, un pensamiento que pueda servirme para algo, en lugar de este telón enfermo que sólo quiere velar un trasfondo enfermo CORTE: aquí aparece el nítido recuerdo de aquella noche extranjera cuando elegí esto. Ella estaba dormida, enferma y dormida, yo como siempre solo a solas con mis pensamientos, sin prestar atención casi a esos pensamientos que llamo míos pero que, hoy lo sé, no puede saberse exactamente de quién son, de quiénes son, si es que son de alguien; los pensamientos parecen formularse solos, tener vida propia, como vegetales o medusas que flotan en un internet invisible en torno de nuestras cabezas. Un internet casi imposible de navegar, al menos para mí. Ese internet invisible me sugiere o me lleva de esto a lo otro pero algún pensamiento debe tener su origen en mi ser, creo yo, y otra vez este "mi" impertinente. ¿Qué es mi ser, sino un fragmento del Ser? Costumbre de pensar desde el yo, esa formación convencional y reciente, y olvidarse de lo inmenso que es el resto, y desperdiciarlo, como quien comiera un trozo de la cáscara y arrojara el resto de la ciruela a la basura.
En aquella noche extranjera me surgió una imagen que después utilicé en un libro de cuentos; dos muchachas muy jóvenes masticando un solo chicle, unidas por un hilo de chicle, y van acercando las caras, mascan el chicle, sonrientes, como pretexto para acercar las caras, y los labios se tocan y se detienen en un beso, y luego se alejan, y al alejarse, en aquella noche extranjera, al separarse los labios y alejarse las cabezas, se descorrió el telón de mi mente, con los pensamientos dibujados eso se llama satori, supe después, mucho después, como impresos, detenidos: los pensamientos se detuvieron y quedaron dibujados, eran dibujos aceptables, como caligráficos, eran como palabras escritas con fiorituras, quietas por fin, y el telón con las palabras impresas comenzó a abrirse y a mostrar el fondo, un fondo vacío, una nada perfecta, una sensación de descanso total, y entonces algo me impulsó, me obligó a elegir.

Tenía la mente clara, demasiado clara. El universo parecía suspendido, esperando mi decisión. "¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer?", pensaba, pero no pensaba; era algo que estaba dado, no un pensamiento; era una voluntad o un sentimiento, algo que estaba fuera del telón con pensamientos. No podía pensar, hasta que elegí pensar. Elegí esto. Empecé a pensar de vuelta, y hasta ahora seguí pensando, o dejándome pensar por ESO que piensa a mi alrededor y me atraviesa. Elegí esto porque creí que lo otro, aquel vacío que me permitía descansar, era la locura. Tal vez lo fuese. Tal vez haya elegido bien, pero después pensé que había elegido mal. Era, quizás, la locura, pero esto ¿qué es? Estos años... más de veinte, veinticinco, veintiséis años cargando con todo esto. Elegí por temor, lo conocido; porque, pensé, no tengo derecho a cargar con un loco a esta mujer enferma que ahora duerme a mi lado -pensé, en la noche extranjera. Habría sido feliz, tal vez, pero qué vida más extraña. O quizás no. Quizás ni siquiera elegí, aunque estoy seguro de que algo me obligó a elegir. Después volví muchas veces a buscar aquel vacío, pero no encontré la forma de llegar. El telón siguió corrido siempre, sin nada escrito, quieto, sin nada impreso; las palabras siguieron pasando invisibles, con el nombre de pensamientos. Palabras que forman dibujos, un trazado errático, con idas y vueltas, infinito, inútil. La mente. El espanto en el silencio de la madrugada.

Mario Levrero
en www.laideafija.com.ar/especiales/levrero/irrupcion.html

Publicado originalmente en INSOMNIA Nº 118,
suplemento de POSDATA Nº 289,
14 de abril de 2000


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